13 jun. 2010

El Bestiario de Griselda Riottini

Desde el primer momento en que Griselda me confía estos maravillosos borradores, entreví la belleza del potencial libro, el cual, probablemente, se llamará “Bestiario”. Agradezco que me permita compartirlos aún en su estado primigenio (todo un gesto).


BESTIARIO

(a Emeterio Cerro)

1


EL CHANCHO DE LAS CAÑADAS


Desastrando cardos a la hora de

la siesta

el chancho de las cañadas

revuelve entre los maizales.

Babosas le hurgan por

sus cadenas ante

las risas de blancas naifas

que se abrazan con pámpidas

o turcos con olor a ginebra.

Luego, hembras de cabellera al gorgojo

y fosforescencias,

se duermen al sol

mientras su cohorte de moscas

envuelve al chancho con

las sedas de sus verdes alas

para que no se mueva

y no haga ruido de cadenas.


A la luz de los absolutos,

piel de abismo

en ánfora de cieno,

el cuerpo del chancho

estalla en lisura plena.


2


LAS NINFAS DE LOS CARDALES


De cabelleras violáceas

tal sus cardales

brillaban al sol y emanaban fluorescencias

nocturnas.

A veces, acechaban a indios y turcos,

y también a los gringos labradores.

En sus momentos de ocio,

devoraban briznas que traía el viento,

o hurgaban en la tierra

para buscar lombrices raras.

Pero, lo mejor, atrapaban luciérnagas

para frotarse de ellas

su destello íntimo.


Cuando los hombres llegaban

los herían con los untos verdes y violas

que habían robado y los envolvían en

la borrasca de sus coitos pámpidas.

Así y todo, sus adorables víctimas

jamás las recordarían.


3


LLORONA


Cruzaba siempre a campo abierto

y llegaba a pueblos donde la desearan (aunque no todos).

En los bolsillos, escondía las púas sangrantes

de las quinas que

llevaba en prevención

de sucesos molestos.


Alguna vez, ella lo sabía,

el chancho de las cañadas la persiguió

muy suave cuidando de no hacer ruido de cadenas.

Otra, en sus cardales,

las naifas ahítas

escucharon –algo atónitas, claro- su llanto.


Todos sabían quién era

y que se estaba bien

sola y rumiando

la antigüedad de sus vestidos (negros).

Pero a ella no le importaba,

ignoraba

el temor de muchos y sobre todo

que la confundieran, siempre, con la verdadera muerte.


4


EL HIDEBEHIND Y EL DAÜ (1)


Del norte de habla inglesa llegaba

el hidebehind para ayudar con la sinuosidad

del Daü, criatura alpina

que sin darse cuenta se metió de polizonte

en un barco cargado

con piamonteses.


El animalillo se adaptó bien a las pampas

pero pastaba a izquierda o derecha

según el errar tergiversado de sus patitas inversas

y era además muy sutil en percibir la presencia

malevolente de indios, gauchos

y compatriotas

pérfidos a los que dejaba al principio pagando.


Pero éstos aprendieron a sorprenderlo vociferando

tras de sus orejitas tersas: -¡Uh, Daü!

Así, el inocente tenía que escapar en

dirección opuesta

a la orejita que había recibido el grito

tras las bullas de todos

y de su apetito

insatisfecho siempre.


Fue entonces cuando decidió aparecer el hidebehind:

de bronca se ponía a devorar

las espaldas de los miserables

que no podían verlo (porque siempre venía de atrás)

y al que, en sus últimos momentos, confundiesen, quizá, con un vampiro

transparente (bueno, algo de eso era).


Después

en la noche,

el hide, invisible como nunca,

se despachaba al que viniese y se divertía a lo loco

hasta

con chajaes y gallinetas.

(Dulces momentos cuando al Daü, zigzagueando a la izquierda

o a la derecha, apenas si

recordaba)


5


IL BENANDANTE (2)
(en memoria de Angiulina)


Con ganas de hacía tiempo y una bronca como

si el constante polvo le hiciera doler los oídos,

el benandante,

recorría las pampas criollo-piamontesas, sin que

nadie le entendiera un comino

de los servicios que ofrecía en su parla de friulano.

Babeando por gringas, turcas o indiecitas

Recibía, en cambio, botellazos

cuando sus interlocutores o interlocutoras

se daban cuenta de su incapacidad para captar

mediante signos verbales el evidente rechazo.

Pero un día, de tanto andar caminos

llegó al monte donde vivía

-excepción como él-

una paisana.


Ella, joven, viuda,

tetas blancas

al aire,

recitaba conjuros

entre sauces y lagartijas

por la buena cosecha,

prevenir el acoso,

ahuyentar la malevolencia .


Él se detuvo a observarla

Y vio cómo del seno,

caía su leche hacia unas hojas de ruda

que la viuda amasaba

con pelos de mulita,

lúbrica y dulce.


Al benandante, los ojos, de a poco,

se le llenaron de bichos

montaraces y se acordó del tiempo

cuando con ramas de hinojos

salía a vencer a los que blandían sorgos y maleficios,

el tiempo cuando sus creyentes le

prodigaban vituallas

y podía vivir de arriba

y aprovecharse tanto.


Entonces, penetró en el monte,

interrumpió a la bella, le declaró su rango

y también que le dolía el oído.

Ella (sin ver los bichos que él tenía por ojos)

no dudó, se trataba de un paisano.

Así, vertió su calidez profusa

en la oreja que, una vez llena de leche,

provocó en el depravado

tantas ganas que se agarró a las tetas

y al cuerpo entero de la viuda,

única ofrenda en medio de

esa pampa inhóspita.


Ni qué decir la respuesta:

recibió tremenda bofetada

y allí nomás, armada de sus propios sortilegios,

ella lo transformó

en un chancho, después en oso

y finalmente en burro

así tenía la pobre, al menos, cómo trasladar

sus cargas.


Del benandante, nunca más se supo en estos pagos,

por minoría étnica, por mentiroso,

y más que nada, por degenerado.


(1)- el Daü es un animalito fantástico de la tradición campesina en las montañas del Cúneo, Piemonte y en Valle de Aosta. El bichito era así tergiversado porque vivía en las pendientes escarpadas y por subir y bajar en velocidad constante se le habían deformado las extremidades. El mito dice también que había Daus de izquierda y de derecha según como se le hubiesen deformado las patitas.
El increíble "hidebehind" pertenece al folklore yanki. Aparece en "Fauna norteamericana" del libro Manual de Zoología Fantástica de Jorge L. Borges y Margarita Guerrero.

(2)- Los benandanti eran brujos buenos en principio que luchaban contra los malos (los malandanti) defendiendo las cosechas y los ganados. Se reunían en los cruces de caminos para exorcizar los maleficios mediante danzas guerreras en las cuales los buenos, armados con ramas de hinojos, luchaban contra los malos que lo hacían con varas de sorgo. Existieron en el Medioevo en el Friuli (N.E. de Italia), se cree que son expresión de antiguos ritos agrarios de amplia difusión y que llegaron a Italia a través de pueblos eslavos. Muchos de estos brujos fueron procesados y condenados a la hoguera por la Inquisición. A partir de ésta ya no se hizo diferencia entre buenos y malos, todos fueron condenables.


Griselda Riottini

Griselda es docente de literatura y lengua en Rosario, poeta y traductora.
http://jorgedipre.blogspot.com/2010/06/el-bestiario-de-griselda-riottini.html
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