25 jun. 2016

TODAS LAS VIDAS de Osvaldo Burgos


Quizá existan el lenguaje; la Poesía y las Serpientes.

Osvaldo Burgos construye a partir de esta intersección TODAS LAS VIDAS A LA VEZ, un libro sin dudas escrito por un encantador de serpientes. Sabemos que hay un truco, pero nos quedamos suspendidos allí, deleitándonos con los contoneos de un fantasma.

No hay modo de sustraerse a esa escritura inaudita que nos acerca y nos expulsa de cualquier topos. Una articulación esplendorosa (a los reseñadores solo nos es dado adjetivar) de géneros que cuestiona el propio concepto de género y cuya amalgama es, sin dudas, la poesía.

Osvaldo nos devuelve al placer de revisitar los mitos; tomar posición ante interpretaciones filosóficas y eternas refutaciones de la Verdad, ese “ejército móvil de metáforas”; animarnos a fundar nuevas y falaces versiones; afinar el oído para escuchar la risa de una ironía terrenal, de las que más que dañarnos nos tiran de la oreja; chapotear en el tedio del eterno retorno sin necesidad de ahogarnos. Lo que parece fragmentario no lo es, lo que parece monolítico tampoco.

Referencias, reflejos y refracciones conforman un cuerpo textual que en perfecta y particular lógica nos interroga desde su ilusión.

Ninguna lectura es en vano y ninguna lectura será la última, pero si además gustan de los desafíos, los invito a descubrir cuándo este sutil ilusionista nos miente y cuándo no nos dice la verdad.


Jorge Dipré


Dos textos del libro:

LA HIJA DEL SOL
(CIRCE)

Ella buscaba un hombre. Pero a su isla solo llegaban bestias.
Cuando vio a Ulises frente a su palacio, se iluminó. Y notando
el cansancio en su mirada, le regaló siete años de olvido.
Si la memoria es el recuerdo de un recuerdo, lo imaginario es
lo único real. Y lo real no es más que su metáfora pobre.
Somos el sueño que nos sueña, mientras nos resistimos a
soñarlo.
Un día, Ulises decidió irse. Y en sus ojos de luz, ella bosquejó
el mapa de las sombras.
Transmutada en la espera, Penélope ni siquiera lo reconoció.
Ahora todo ha pasado; ya los que pretendían han muerto.
En su isla, ella está sola. Pero no busca.
En Ítaca, Ulises no puede apagar sus ojos.
Y sabe, además, que si alguna vez lo hiciera, se perdería de sí
mismo. Inevitablemente.

(1) Así define NIETZSCHE al cristianismo.

METAMORFOSIS
(LAS NOVICIAS QUE IMPLORAN PIEDAD, Y EL SÁTIRO)

I
En sus feroces noches de orgía, los griegos se encomiendan a
los sátiros. Sileno mío, haz que las suertes dispongan mi placer.
Fortaléceme.
En sus aciagas noches de ansiedad, las novicias resisten
a Satanás. Señor mío, no dejes que el placer me sojuzgue.
Apiádate de mí.
Entre una escena y otra hay más de mil años. El platonismo
explicado al vulgo (1)  supo preservar, sin embargo, los cuernos,
la larga cola, las patas de chivo, la barba lacia en el mentón.

II
Los innumerables nombres del diablo suplen la ausencia de
nombre de los sátiros.
Lucifer es uno; y así acosa, con el deseo, a las novicias. Los
sátiros son un cortejo, un coro, un ejército. Y así protegen el
deseo de los griegos.
Cuando la tentación de la lujuria las consume, las novicias
quisieran no tener un cuerpo. Cuando quiso una vez tener un
nombre, Marsias –el único sátiro que la leyenda recuerda en
singular– acabó desollado por un dios.

III
Execrado de la cohorte dionisíaca; Marsias está lejos de ser un
ángel, pero ha caído. Los ángeles no tienen cuernos, no tienen
barba, no tienen cola; ni están en carne viva, como él.
Un dios omnipotente, que domina por la gracia suprema
del per-don, es necesariamente un dios cruel. Solo se puede
perdonar lo imperdonable y quienes son perdonados venden
su alma.
Apolo sabe que la flauta de Marsias no vencerá su lira; pero
aun así compra su voluntad, después de provocar su jactancia.

IV
Sublimes y abyectos, los hombres imaginan a un dios que
imagina a un Marcias, que imagina a los hombres. Tener un
lenguaje es ser perverso; el mal absoluto no es el goce, sino la
necedad. (2)
Las novicias tienen un cuerpo, aunque no quieran. Sólo el
diablo escucha su confesión y conoce –recordándolas de a una–
las omisiones.
Sólo el diablo.

(2) “la necedad es el mal radical”, FLAUBERT.

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