26 mar. 2013

Carlos Drummond de Andrade: CONTOS PLAUSÍVEIS


LA BAILARINA

La profesión de mercachifle está reglamentada; sin embargo, nadie más la ejerce, por falta de baratijas. Pasaron a vender helados y jugos de fruta, y son conocidos como ambulantes.
Conocí al último mercachifle de verdad, y le compré un espejito que tenía en el lado opuesto una bailarina desnuda. ¡Qué mujer! Sonreía para mí como prometiendo cosas, pero yo era pequeño, y no sabía qué cosas fuesen. Me perturbaba.
Un día rompí el espejo, pero la bailarina quedó intacta. Sólo que no sonreía más para mí. Era una fotografía como cualquiera. Busqué al mercachifle, que no estaba más en la ciudad, probablemente había cambiado de profesión. Hasta hoy no sé qué era lo mágico: si el mercachifle, si el espejo.


LA BAILARINA Y EL MURCIÉLAGO

Hay un murciélago volando de madrugada por la calle Montenegro. Siempre después de las dos, nunca después de las cuatro.
Escoge entre ventanas abiertas y entra en dormitorios de jovencitas, para chuparles la sangre. Hace esto tan suavemente que la víctima no despierta, y sólo por la mañana, al levantarse, siente ardor en un pequeño punto amoratado del cuello.
Hay quien discute la identidad del animal, y afirma que se trata de un vampiro humano, como los hay en Transilvania. Falta consistencia a la afirmación, pues ningún hombre llegaría al séptimo piso, subiendo por la fachada de los edificios.
Muchos moradores ya vieron al murciélago e intentaron matarlo. El escapa y se diría que no teme represalias, pues regresó por tercera vez al dormitorio de Hercilia Fontamara, bailarina del Teatro Municipal.
A los periodistas, Hercilia declaró que comienza a habituarse al hecho de ser visitada por un murciélago que le extrae algunas gotas de sangre sin mayor daño. Ella observó que, a partir de la primera visita, aumentó su flexibilidad muscular en los ensayos, y que nunca bailó tan bien como de ahí en adelante. Espera tener un desempeño perfecto en la presentación de “Giselle”, si en la noche de la víspera le ofrece un poco de sí misma al estimulante quiróptero.


LA BELLEZA TOTAL

La belleza de Gertrudis fascinaba a todo el mundo y a la propia Gertrudis. Los espejos se pasmaban delante de su rostro, rehusándose a reflejar a las personas de la casa y mucho menos a las visitas. No osaban abarcar el cuerpo entero de Gertrudis. Era imposible, de tan bello, y el espejo del baño, que se atrevió a esto, se partió en mil astillas.
La muchacha ya no podía salir a la calle, pues los vehículos paraban a despecho de los conductores, y estos, a su vez, perdían toda capacidad de acción. Hubo un embotellamiento monstruoso, que duró una semana, aunque Gertrudis haya vuelto luego a su casa.
El Senado aprobó una ley de emergencia, prohibiendo a Gertrudis aproximarse a la ventana. La muchacha vivía confinada en un salón al cual sólo entraba su madre, pues el mayordomo se había suicidado con una foto de Gertrudis sobre el pecho.
Gertrudis no podía hacer nada. Había nacido así, este era su destino fatal: la extremada belleza. Y era feliz, sabiéndose incomparable. Por falta de aire puro, terminó sin condiciones de vida, y un día cerró los ojos para siempre. Su belleza salió del cuerpo y quedó suspendida en el aire, inmortal. El cuerpo ya entonces raquítico de Gertrudis fue acogido en el sepulcro, y la belleza de Gertrudis continuó titilando en el salón cerrado con siete llaves.

Drummond de Andrade
Traducción de María Teresa Ré para la revista digital “de Cierta Poesía”, editorial “El Heresiarca & Cía.”,  Año 1999

Carlos Drummond de Andrade:
(Itabira, Brasil, 1902-Río de Janeiro, 1987) Poeta y narrador que figura entre los más grandes líricos brasileños del siglo XX y cuyo libro Alguma poesia dio inicio a la renovación del modernismo en su país. A pesar de que se graduó de farmacéutico, se ganó la vida como periodista y funcionario público. En 1925 fundó, con otros escritores, A Revista, alrededor de la cual se formó el núcleo modernista de Minas Gerais. En esos años entró en contacto con los líderes del movimiento en São Paulo, los escritores Mário de Andrade y Oswald de Andrade y la pintora Tarsila do Amaral. Como alto funcionario del Ministerio de Instrucción Pública, en 1934 se trasladó a Río de Janeiro, donde continuó su actividad periodística, colaborando desde 1954 en el Correio da Manha, y, a partir de 1969, en el Jornal do Brasil.

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