25 jul. 2010

Fernando Belottini: textos con destino de libro

Como le comenté a Fernando luego de haber leído su nuevo libro de relatos, elijo “El Peso de lo Obvio” básicamente por dos o tres motivos: me gusta; creo que es uno de los mejores relatos del libro, y por la mención inicial al suceso en Rosario, pergeñado por el legendario grupo Cucaño, Grupo de Acción Surrealista, cuyas intervenciones fueron presenciadas por unas pocas personas pero que enriquecieron de un modo increíble el relato oral de la urbe transformándose, prácticamente, en un mito y que, de a poco, comienzan a inscribirse oblicuamente en la literatura.

Fiel al estilo de Fernando Belottini, “Textos sin Destino” es un título falaz: estos textos sí tienen un destino, y es el de su lectura.


EL PESO DE LO OBVIO
Fernando Belottini

Lo primero que me vino a la memoria cuando vi al hombre sin cabeza en Concordia, fue una performance que presencié en la peatonal Córdoba de Rosario, a fines de los ochenta. Atardecía cuando unos muchachones vestidos de gastados fracs negros y maquilladas caras blancas, que decían ser adictos al surrealismo, llevaban sobre los hombros un precario ataúd abierto conteniendo en apariencia el cuerpo de un fallecido. En las manos que les quedaban libres llevaban velas rojas encendidas. Los paseantes le abrían paso al cortejo con desagrado, insultándolos a veces. Los surrealistas respondían con sonrisas a cada insulto e invitaban al público a que los reemplazaran llevando el cajón. Era tal la irrealidad el acto, que sin que nadie lo deseara o presintiera llegó un escuadrón de la policía.

Al entrar la policía en escena, los muchachos arrojaron el ataúd y al supuesto cadáver al piso para poder huir corriendo (algunos se escondieron en el edificio de la Facultad de Humanidades y Artes). Tal vez si la policía hubiese dejado terminar esa performance, nadie hubiera advertido que el muerto no era un muñeco, sino que se trataba del cuerpo vestido de un auténtico ser humano, que gracias a estos chicos lograba ahora cierta trascendencia. Más inoportunos que la policía fueron los que aprovecharon el escándalo para sacarse fotos al lado del finado. Dos chicas adolescentes, vestidas de colegialas, sostenían en vertical el ataúd y, con el muerto tendido a sus pies, posaban para un fotógrafo rodeadas de curiosos que les miraban las piernas (simulando estar mirando el cadáver).

Aquellas imágenes se disiparon cuando dos hombres, el que no tenía cabeza y otro que sí la tenía, avanzaban frente a mí caminando. El que tenía cabeza llevaba al otro del brazo, como hacen esas personas que acompañan a los mayores a dar un paseo en el atardecer. Estábamos en la calle Cadario. Para quienes no conozcan Concordia, les cuento que la calle Cadario tiene una extensión de unas cinco cuadras pavimentadas y desemboca en un parque que la gente utiliza (entre otras cosas) para practicar deportes. Como a la vera de esa calle no hay demasiada urbanización y abundan los terrenos bajos, carece de veredas con mosaicos, por lo que esa misma gente camina o trota por la calzada.

Por las tardes, al regresar de mi trabajo, si antes no me detengo en un bar a tomar una copa, desciendo de la línea 9 en la esquina de Eva Perón y Cadario. Normalmente, al intuirme, mi perro corre hasta la parada del colectivo para hacerme fiesta y demostrar lo feliz que lo pone mi regreso. Esa tarde mi perro debe haber estado ocupado en otra cosa, los únicos que salieron a mi encuentro fueron los paseantes, algunos en bicicleta, otros a pie, que andaban con sus equipos de gimnasia y sus botellas de agua en las manos derrochando salud. Entre ellos, a paso lento, avanzando por el mismo carril que yo lo hacía y en sentido contrario, venían caminando el hombre sin cabeza y su acompañante. Al verlos, después de recordar la performance de los surrealistas rosarinos fui preso de la curiosidad (como cualquiera que hubiera visto por primera vez a un hombre sin cabeza) y me detuve. Al verme detenido y asombrado, el hombre que llevaba del brazo al sin cabeza detuvo la marcha de los dos.

–Ya sé –me dijo– le llama la atención mi amigo.

El acompañante del hombre sin cabeza tenía un tono melindroso, de sacerdote de iglesia católica, y traía tanta tranquilidad de espíritu en ese tono que por un instante, en lugar de creer que yo estaba frente a algo inexplicable, me sentí un ser extraño, fuera de lo común, y tragué saliva.

–Sí, claro –dije señalando con el mentón– de qué se trata, ¿es una publicidad?

El hombre con cabeza lanzó una carcajada.

–Sí, de champú –me dijo, dando a entender que no le faltaba sentido del humor.

Estábamos parados sobre un puentecito. Detrás, a pesar de que caía la tarde, resplandecía al borde de un mínimo arroyo un poderoso álamo apenas brotado. Me sonreí de manera estúpida, como si comprendiera.

–¿Usted no es de acá, no? –siguió él, utilizando la típica muletilla que usan los concordienses cuando uno hace una pregunta que para ellos es trivial.

–Hace poco que vine –dije sin dar más explicaciones.

–Me lo imaginaba. Le presento a Roberto Carlos, el auténtico hombre sin cabeza.

Roberto Carlos llevaba un amplio pantalón de lino color arena, de esos que se arrugan enseguida, una camisa blanca, un saco verde claro liviano (muy apropiado para la temperatura de ese día) y zapatos náuticos de nobuk marrones. Si no fuera por la falta de cabeza, podría decir que estaba bien vestido y que su complexión física antes que musculosa era fofa. Sin ser obeso, Roberto Carlos parecía un pedazo de carne ambulante que alguien hubiera fabricado para hacer después hamburguesas, como se decía de las de McDonal’s, pero bien terminado, con finos dedos pálidos en las manos y reloj de pulsera.

Hubo un leve pellizco del acompañante a la altura del bíceps derecho del hombre sin cabeza y él, mecánicamente, extendió una mano que estreché con algo de repulsión. La sentí suave, originaria de alguien sin oficio, con una temperatura similar a la mía. La fuerza del apretón fue débil, demostrando cierta educación en el saludo.

–Perdóneme –le dije al acompañante– pero podría explicarme qué es esto.

Después de decir “qué es esto” me sentí horrible, por más que aquel hombre no tuviera cabeza y por ende tampoco oído, debí haberme manejado con más respeto.

El acompañante me capturó al vuelo.

–Lo que usted llama despectivamente “esto”, es un ser humano señor, al que naturaleza le ha jugado una mala pasada. En nada se diferencia de nosotros, solo le falta la cabeza.

–Pero cómo sobrevive.

–¿Se refiere usted a si respira?

–Por lo menos –dije.

El acompañante ahora oprimió con delicadeza el muslo derecho de Roberto y Roberto se inclinó como un actor de teatro en el saludo del final, exponiendo la terminación superior de su cuerpo que mostraba una tapa negra de plástico (como la de un frasco grande de aceitunas, pero con la rosca hacia arriba) con tres orificios: por uno entraba aire y por el otro salía con un olor desagradable, mientras que por el tercero –deduje– tal vez recibiera los alimentos. De no ser por la falta de cabeza, ese hombre podría haber sido tan alto como yo. Los hilos alrededor de la tapa de plástico tal vez le servirían para enroscar en el futuro una cabeza ortopédica. Imaginé que bien le cabría la de la vieja publicidad de Geniol sin las incrustaciones.

–Es como una planta que camina –me explicó el acompañante.

–¿Y usted qué relación tiene con él? –pregunté.

–De gurises que somos amigos. Vivimos en el mismo barrio.

Desplacé mi asombro a que nunca nadie en Concordia me hubiera comentado de la existencia de Roberto Carlos, como si la habitualidad de su presencia no mereciera destacarse. ¿Cómo era que este hombre no estaba en un circo o en un zoológico, o fuera una atracción turística permanente? Después, me pregunté por qué habría de serlo, ¿no había acaso en mí un maldito prejuicio? ¿Era yo una persona instruida y abierta solo por haber vivido varios años en grandes ciudades?, ¿por qué no podía ser yo el que estuviera en un circo, en un zoológico, o haberme convertido en el personaje principal de un documental sobre fenómenos? Tal vez porque mi aspecto exterior podía pasar por el de alguien corriente.

Los hombres sin cabeza de los que había oído hablar eran espectros o personajes de leyenda, resentidos fantasmas que hacían sus apariciones para atemorizar a los vivos. Roberto Carlos, en cambio, que se llamaba así porque su madre era fanática del cantor brasileño, daba más bien una sensación de desamparo, como la que se tiene por cualquier persona de apariencia incompleta.

Ya estábamos sumergidos en la primera oscuridad cuando las luces de la calle titilaron con timidez. Los gimnastas habían mermado, la calle era ganada por autos lentos, ruidosos. Yo adopté el saludo más cordial que tengo para despedirme.

–Fue un placer –dije extendiendo mi mano para dársela a ambos, esperando que otra vez el acompañante primero tocara el bíceps de Roberto Carlos y luego él me saludara. La última mano estaba un poco fría.

No niego que llegué a casa perplejo y que seguí pensando en Roberto Carlos como si él pudiera volver en alguna pesadilla, pero enseguida salí de todo pensamiento para recibir los reproches de mi mujer por la tardanza.

–¿Y ahora qué pasó? –increpó Eva, que en ese momento estaba parada frente a la puerta de calle.

–Nada –le dije– me entretuve conversando con unos señores.

–¿Y Átomo? –por nuestro perro.

–No lo vi.

–¿No fue a buscarte?

–No.

–Seguro que se fue detrás de alguna perra.

Átomo estaba en edad de hacer algo así, lo habíamos adoptado un año atrás, cuando vinimos a vivir a Concordia y alquilamos esa casa en la calle Poenitz del barrio Los Tilos. Recuerdo que fuimos a buscarlo a la Sociedad Protectora de Animales. En medio de las jaulas, los ladridos y un asfixiante olor a pelo de perro sucio, emergió como un disparate ese cusco marrón, desgreñado, al que se le podían contar las costillas de tan flaco y ganaba corazones por su perfil de vagabundo y un poderoso afán de conocer el mundo olfateando lo que se le cruzara. Fue un absurdo suponer que crecería. Lo habían educado con vaya a saber qué sádico método, era incapaz de acercarse a la mesa mientras comíamos o de hacer sus necesidades dentro de la casa. Por supuesto que yo me ocupé de malcriarlo en un intento también absurdo de humanizarlo. De encontrarse él en el trance del que hablaba mi señora, nos ponía en un problema: por su tamaño y bondad podía ser atacado por otros perros.

–Por qué no vas a buscarlo –sugirió ella, como si yo tuviera algo que pagar.

–¿Ahora?

–Y cuándo si no. Lo van a matar.

Átomo significaba mucho para nosotros. Todavía no teníamos hijos.

–No te preocupes, los perros siempre vuelven –agregué con la seguridad de un gran conocedor, entrando a la casa.

Dejé mi maletín sobre la mesa de la cocina. A esa hora, gracias a unas demoradas magnolias que Eva había cortado esa tarde del jardín, el ambiente guardaba el perfume dulce de los atardeceres entrerrianos.

–Lo van a matar –repitió, entrando detrás de mí, meneando la cabeza, abrumada de incomprensión.

Se puede hablar del comienzo de cierto drama, de la pesada carga de lo cotidiano, agravado por el cierre furibundo de la puerta de calle. Drama que yo trataba de ignorar desabotonándome la camisa y preparándome para descansar, pero que a poco que estuviera listo para hacer nada, las dos preocupaciones volverían: la de haber visto sin intermediaciones a un hombre sin cabeza y la de que mi perro no regresara nunca. ¿Qué debe hacer un verdadero hombre en estos casos? No lo sé. Por lo pronto, opté por cambiarme de ropa, como si eso me ayudara a cambiar algo y muchos, ahora que me había puesto mi propio jogging y las zapatillas de caminar, se preguntarán por qué no salía a buscar a Átomo para acabar de una buena vez con esta historia. Y la respuesta es muy simple: tenía miedo.

Mientras me vestía, imaginaba que Roberto Carlos podría haber sido abandonado en el parque cercano y ahora vagaba sin control en la oscuridad de la noche, chocándose con árboles y alambrados como esos juguetes propulsados a cuerda que terminan rebotando contra las patas de las sillas. ¡Qué amargo resultó el primer mate que Eva me trajo! ¿Qué haría entonces si salía a buscar al perro y terminaba encontrándome con el fenómeno? Tal vez conducirlo a la policía. Pero ¿y si él se rebelaba contra mí al intuirme un desconocido? ¿Hasta dónde llegaban sus sentimientos, sus percepciones, si las tenía? También podía ser yo un mal remedio.

–Está bien, descansá –aceptó Eva– pero después, por favor, vamos a buscarlo.

Me senté en el sofá, encendí el televisor, vi distintos noticieros que informaron de choques en Caballito, nacimientos en cautiverio de animales a punto de extinguirse, periodistas esforzándose por caer simpáticos y avisos publicitarios orientados a mujeres de vidas precarias, pero nada más.

Al tercer mate, Eva me apuntó con la mirada y su cuerpo mostró las posturas propias de quien reclama. Sin demostrar la obediencia ciega que tenemos algunos hombres, me puse de pie y salimos. La noche se había instalado. El barrio Los Tilos no se caracteriza por ser de los más iluminados, hay algunos faroles que necesitan reemplazo y otros que de sucios iluminan mal (dejo constancia por si algún funcionario municipal está leyendo).

–El problema –le avisé a Eva mientras caminábamos– es que nos encontremos con el hombre sin cabeza.

Ella sonrió, conocía mi costado humorístico, mis bromas, fuente de seducción en otros tiempos que en el presente, en cierto punto de nuestra relación, se mostraban fatigadas por la recurrencia.

–En serio –insistí– hoy pude conocerlo.

Ya habíamos caminado tres cuadras, el aire fresco y húmedo de la noche traía olor a pasto quemado, el cielo estaba limpio y las estrellas parecían cercanas. Entre las ramas de los árboles, una luna redonda, nítida, se lucía.

–Dejáte de joder –dijo Eva– ¿dónde se habrá metido ese perro? A ver si nos lo robaron.

Los autos habían amainado y las calles se armaban de más silencio. La gente, en sus casas se movía con lentitud, a veces cenando, otras mirando tevé o jugando con sus hijos. Al cruzar por un camino lindero al parque llegaríamos hasta una casa que solía despertar la curiosidad de Átomo. Quise volver a hablar de Roberto Carlos. Tal vez a esa hora, él ya había sido depositado en su hogar, donde una madre de cabello cano recogido, una viejecita encorvada, vestida con un eterno delantal blanco, lo recibía tomándolo de la mano y al percibir esa mano, el hombre sin cabeza se estremecía un poco, consciente (por instinto) de que esa mano era la de su madre.

–Por eso me demoré.

–¿Qué decís? ¿Tomaste algo?

–Cuando bajé del colectivo caminé una cuadra sobre Cadario y lo vi, venía acompañado por otro señor, que lo traía del brazo.

–Terminala.

–Parece que es conocido, acá a nadie le llama la atención.

La casa hacia donde nos dirigimos estaba a oscuras, la luz de la luna resaltaba sus paredes blancas. Los perros guardianes, tres por lo menos, estaban juntos, ovillados sobre la tierra y ni se inmutaron a nuestro paso. Meternos en el parque no era recomendable, eran frecuentes los robos o las parejas que por las noches se ocultaban entre los árboles para hacer el amor.

–¿Me estás tomando el pelo, no? –preguntó Eva.

–Te juro que no... Qué vamos a cenar.

–Primero tenemos que encontrar a Átomo.

Caminar más allá era encontrarnos en pleno campo, enfrente, teníamos el Regimiento de Tanques de Guerra, bastante iluminado. Detrás del Regimiento, está el barrio militar. Nunca habíamos paseado por ese barrio, solo llegábamos hasta una placita lindera que tiene juegos para niños, donde Átomo, con precisión, orinaba siempre las mismas hamacas.

–Entremos al barrio militar –sugerí.

–Ni loca –dijo ella, recordando que semanas atrás dos jóvenes sospechados de robo habían sido baleados.

Al no ponernos de acuerdo, regresamos. Lo hicimos sin hablar, cabizbajos, como esos caballos que retornan a sus casas llevando a un jinete borracho o dormido. Sin embargo, a unos cien metros de nuestra puerta, Átomo, brincando de alegría nos salió al cruce. Estaba absolutamente embarrado y con una oreja lastimada. Eva se puso en cuclillas, él le saltó a la cara moviendo la cola, serpenteando con frenesí. Ella dejó que le lamiera la cara y entre la baba de las lamidas, estoy seguro, le corrió una lágrima que la poca luz supo disimular.

En casa, hicimos los arreglos para recuperar al perro. Mientras Eva lo bañaba, yo me asomé a la ventana que da a la calle, estaba obsesionado con el hombre sin cabeza, quería volver a verlo, pero solo cantaron unos teros en el terreno de enfrente y lo demás fue pura oscuridad y silencio.

Al otro día, en la oficina, con menos detalles de los que acabo de dar, les conté a mis compañeros de trabajo acerca del encuentro con Roberto Carlos y también del momentáneo extravío y recuperación de Átomo. Nadie negó la existencia de Roberto Carlos, ni mostró asombro siquiera (yo esperaba al menos un "pobre gurí"). Los interesados en la conversación solo se preocuparon por la salud del perro y la mía, preguntando por ejemplo si él y yo habíamos descansado bien después del susto. Esa conversación murió luego de algunos comentarios adicionales del amor de los hombres por los perros. Alguien soltó una corta anécdota insulsa que intentaba graficarlo, tal vez solo por el placer de no sentirse ajeno a la charla. Otro dijo que, de acuerdo a lo que había leído en una revista, los perros son así con los humanos por ser muy aptos para recibir almas reencarnadas.

Cuando todos volvimos a nuestras tareas y quedaron en el aire los ruidos de las teclas de las computadoras, repicando por encima de la música de la radio, un hombre mayor, al borde de la jubilación, que hacía tareas de mensajería (bastante parecido por sus arrugas, su nariz y su calvicie a un Pablo Picasso anciano), entró a la oficina, se paró frente a mi escritorio y mirando por la ventana, hacia un caserío cercano, comentó:

–Estoy enamorado de ese lapacho.

Me asomé también a la ventana y pude comprobar que ese enorme lapacho florecido que se veía a la distancia, premiado por la luz de un sol magnifico, era digno de amor y respeto. Picasso (así llamaba yo al mensajero en secreto) era un hombre sensible, de buen humor, servicial y correcto, llevaba mucho tiempo en la empresa haciendo su trabajo. Había nacido en Concordia, conocía la ciudad y su gente como pocos. Los relatos que él contaba acerca de personajes legendarios de la región eran escuchados con curiosidad y regocijo. Nadie mejor que él para hablarme en extenso del hombre sin cabeza.

–Hermoso lapacho, es verdad –dije, y luego fui al punto–. Don Marcos, necesito hacerle una pregunta, ¿conoce usted al hombre sin cabeza?

Picasso me miró a los ojos con gesto de asombro, como si no esperara nunca que alguien le hiciera esa pregunta. Su rostro se apagó de tal forma que yo temí que le diera un ataque. Apretó la boca tirando los labios hacia adelante en una mezcla de bronca y desazón. Los surcos de las arrugas de la cara adquirieron mayor profundidad, hasta que pudo articular palabras y con voz compungida me explicó que Roberto Carlos era su hijo, y que no tenía nada más que agregar.

Fernando Belottini; de "Textos sin Destino", Editorial de Entre Ríos, 2010. (Premio Cuento 2008 Fray Mocho).
http://jorgedipre.blogspot.com/2010/07/fernando-belottini-textos-con-destino.html
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