17 ago. 2005

Presentación de "Todo se quema aquí", por Juan Carlos Rodríguez

TODO SE QUEMA AQUÍ

El principio nos remitirá al final, porque como dice el autor, “el perfume de las flores / adormece / con agradable sopor. / No sé si encender un cigarro / todo podría estallar”.

Tenía ganas de comenzar esta presentación, mencionando que pocos días antes de su muerte, Witold Gombrowicz admitía con resignación y naturalidad la tristeza que le provocaba el no poder disfrutar, por cuestiones de edad y de salud, del reconocimiento que en ese momento empezaba a brindársele. Habían pasado 32 años de la publicación de su primera novela. A Jorge Dipré, quien hace unos 27 o 28 años comenzó con la publicación de sus escritos, hace tiempo que le llegan los mimos del reconocimiento. Hay una serie de puntos que marcan esto que afirmo, desde el circuito en el que se ha movido, los poetas que lo rodean y lo elogian, los entrecruces que va teniendo (hace pocos días leyó en Córdoba con Jorge Boccanera, palabra mayor de la poesía argentina), y la propia significación que va tomando su poesía.
Hoy nos convoca Todo se quema aquí. Y uno, que viene influído por recientes conceptos de Roberto Retamoso, quien en su libro “Apuntes de literatura argentina” ha dicho que la poesía de Rosario carece de una crítica adecuada (a lo que yo añado que la poesía de Venado Tuerto sufre del mismo problema), trata de ser no sólo ese hombre que con mucho voluntarismo presenta el libro de un amigo, sino también quiere que sus palabras tengan algo de ese espíritu crítico que muchas veces los escritores reclamamos. Por eso se hace inevitable revelar que uno cuenta desde el vamos con tres grandes referencias: lo que dice en la solapa de su libro Eduardo D´anna, lo que dijo de este libro María Teresa Andruetto en la presentación en Córdoba, y lo que dice el propio autor en la parte final del libro. Y después está, obviamente, el propio análisis. Jorge indica que estos poemas están fuertemente relacionados con su experiencia de vida en el noreste argentino, desde el 2003 al 2007. Y también señala que la segunda parte, “Incrustaciones”, transforma en procedimientos algunos tics propios, como la aparición de versos que se repiten a lo largo de toda su escritura, casi sin variaciones.
Sobrevuela en el libro, y hasta en las propias palabras del autor, la idea de que hay versos que funcionan como una sola y única palabra, aludiendo a que hay un único poema que pugna por encontrar su expresión.
Entonces, desde ese presupuesto, se hace difícil desmentir al propio autor, ese poeta que mutó de un hombre que se asombraba ante lo urbano, hasta llegar a este otro que no sólo se nutrió de vivencias vinculadas con el paisaje y las costumbres, sino que después las exorcizó transformándolas en palabras que emocionan y sacuden.
Queda, vertical y terco, el mismo sutil escepticismo que inundó sus primeros versos, sin dejar de lado un continente poético que brinda una pátina de nostalgia o añoranza a lo que se relata.
Acá está Dipré en estado puro, hablándonos de un paisaje subtropical:

“Te llamo en la luz / te imploro en el brillar / devenir / río quieto /
insensiblemente rumoroso / por debajo / del paisaje de camalotes
y verdes figuras”.


Escenas que están en su memoria, que reviven en sus palabras, y que logran el fenómeno de transformarse también en vívidas para nosotros, aunque nunca hayamos estado ahí:

La profundidad de los campos en la noche.
Los montes de eucaliptos.
Las palmas aisladas de la mesopotamia.
El vinal impenetrable de los montes.


Mientras se avanza en la lectura, el sol sigue resquebrajando, la luz sigue siendo inaudita y el Paraná sigue siendo dorado. ¿Tendrán razón los que dicen que el libro gira en torno a la luz? Respuesta que tenemos que buscar mientras los hombres siguen tan desolados como sus paisajes. Y Dipré refuta la teoría de los que sostienen que la poesía no debe tener adjetivos. Porque ahí se muestran con su esplendorosa belleza, las sombras luminosas, el áspero mediodía, las mañanas secas y crujientes, las burbujas sonrosadas de los lapachos. Y después del resonante final de la primera parte, aparecen las “Incrustaciones”, esos versos que se repiten, como por ejemplo, las capas de cebollas, el cielo de espermas, un nuevo sueño, frases recogidas de éste y de otros libros del mismo autor, que construye poemas de verso libre, sostenidos en poderosas imágenes y, como dice Andruetto, “con alta potencia narrativa”.
En esta parte continúa la descripción de lugares, pero se insinúa más fuertemente la vivencia propia, con un sutil sesgo hacia lo biográfico. Es muy cierto que se entremezclan el habla popular con la metáfora poética, es evidente la batalla librada entre palabras que van de la amabilidad al enojo, del sueño a la resonancia poética que lastima:

“Abro los brazos / para morirme mejor. / Morir así / ametrallado de vidas.”

Es verdad que todo se puede quemar. Tanto la luz como las pasiones, suelen ser tremendos combustibles. Provocan ardores. Deslumbran. Por eso tengan cuidado. Mientras escuchan o leen, puede ser estremecidos personajes. Pero de golpe pueden transformarse en protagonistas. Háganle caso al poeta. No enciendan ningún cigarro. Porque todo puede estallar.

Juan Carlos Rodríguez, 14/08/2009, Venado Tuerto
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