19 oct. 2009

LA PRUEBA DE VIDA; relato de Ana Agote

No lo reconozco para nada, dijo papá inspeccionando un dedo morado que le habían enviado los secuestradores de Agustín como prueba de vida. Para nada, repitió.
–Pero, Don Marcelo, ya le mandamos la oreja, ahora el dedo, no nos queda nada para mandarle, dijo la voz del teléfono.
–Entonces no pago. Si ustedes creen que ese dedo hinchado y esa oreja sangrienta son pruebas de vida están muy equivocados. Y no crea que me lo tomé a la ligera. Agarré la oreja con la punta de los dedos enfundados en un guante de goma, porque cabe destacar que la mandaron toda ensangrentada y sucia (y no lo digo enojado porque ¿qué podían hacer ustedes? gente sin educación) y se la probé a, uno por uno, todos mis hijos. La sostuve contra su oreja, un poco más arriba para ver las dos y comparar cómodamente, para ver si se parecían, pero ningún parecido. En el turno de Martina, mi hija del medio, vimos un pequeño parecido, debo reconocerlo, pero no podemos asegurar que sea la oreja de Agustín.
Papá, callate, gritó Martina, te estás yendo por las ramas. Se van a hartar de escucharte. Tratá de que lo devuelvan a Agustín.
Callate mocosa, dijo Papá. Como le iba diciendo, siguió por teléfono, -no fue mala voluntad pero realmente no encontramos ningún parecido. Y la verdad es que no creo que pueda seguir mandando estas pseudo pruebas de vida porque con el aire y los microbios llegan hinchadas, moradas e irreconocibles.- A mamá se le escapó un gritito. –Tranquilizate, vieja- dijo papá.- Lo que yo creo, -dijo al teléfono, -para ser justos y para que las dos partes sepamos que el negocio es limpio, es que lo deberían mandar a Agustín directamente. Ahí sí sabríamos que es él.
–Pero, Don Marcelo, ¿cómo se lo vamos a mandar a Agustín? Es nuestro rehén, si se lo devolvemos no cobramos nada.
–Mire usted, como se llame ¿acaso no le demostré entereza, integridad mientras negociamos?
–Eso es verdad, pero, de todos modos ¿cómo cobramos una vez que le devolvemos el pibe?
–Usted tiene mi palabra. Usted me lo manda, yo lo inspecciono y se lo mando de vuelta. Después pago el rescate pero, eso sí, hay que descontar los daños que le hayan causado.

Se ve que a los secuestradores les pareció justo y dijeron que al día siguiente lo mandarían. Era un sábado 23 de septiembre y hacía frío. Todos nos levantamos temprano. Creo que nadie durmió. Lo traerían a las 11 de la mañana. Yo me maquillé para que me viera linda. Eran las 12 y no llegaba. Empezamos a preocuparnos.
Cayó Rodolfo, el primo de papá, que viene todos los sábados. Papá se había olvidado de avisarle de que no viniera, pero una vez que estuvo en casa le ofreció un clarito y preparó el copetín. Papá también se preparó un clarito.
–Mejor no tomes, papá, me animé a decirle.
–Mirá, linda, me contestó, no se puede confiar en la gente que no toma y yo necesito sembrar confianza en esta gente.
Papá y Rodolfo comían, chupaban y conversaban. Nosotros no podíamos hacer nada. Estábamos sentados en el living mirando la nada. Pasaron las 2, 3 de la tarde. Papá se fue a dormir la siesta y Rodolfo dijo gracias y se fue. A las 5 y 17 en punto llegó un auto. Ya nadie se asomó a la ventana, ya lo habíamos hecho más de cuarenta veces durante el día y no queríamos otra desilusión. Oímos pasos que caminaban hacia nuestra puerta. Nadie se movió. Sonó el timbre. Se levantó Marcelo y todos lo acompañamos con la mirada.
–¡Agustín! gritó y lo abrazó y lo besó. Agustín entró y nos vio a todos sentados.
Una vincha de toalla blanca, un poco manchada de sangre, le cubría las orejas y él guardaba las manos en los bolsillos. Mamá lloró un poco. Se quedó parado y nosotros sentados. Marcelo lo abrazó. Yo me levanté y le di un beso. De a poco todos hicieron lo mismo.
–Qué suerte que estás bien, Agus, le dijo Marcelo.
–¿Quién te dijo que estoy bien? preguntó él.
–Bueno, ya sé, quise decir a salvo.
–¿Y quién te dijo que estoy a salvo?
Papá bajó de su cuarto.
–¿A verlo?- dijo. Le agarró el mentón y lo inspeccionó de un lado y del otro. - ¿A ver la mano?- Agustín sacó la mano del bolsillo y se la mostró. –Claro, no era el anular, como me dijo el secuestrador, era el índice, por eso no lo reconocí, - se disculpó. -Cómo no iba a reconocer el dedo de mi propio hijo por más machucado que lo mandasen. Lo abrazó. –Estás muy bien, -dijo. -Ahora podés volver.
–No, -dijo Marcelo, -ahora que se quede, ya lo tenemos, ¿para qué lo vamos a devolver?
Pero papá dio discurso insoportable y destacó que él tenía palabra, que se la había dado a los secuestradores que, pobres, que no eran malos sino que no habían tenido las mismas oportunidades que nosotros y que no eran educados, que eso se notaba en la forma de hablar, en la forma en que nos habían enviado las pruebas de vida, pero que si nosotros, que teníamos educación y principios, mentíamos ¿qué quedaba para el resto? Él había dado su palabra y estaba dispuesto a cumplirla. Agustín lo interrumpió y se despidió de todos. Todos lo abrazamos. Cuando me saludó a mí, tenía el cuello mojado. Marcelo lo acompañó hasta la vereda. Se subió a un auto. Una vez que arrancó, Agustín sacó el brazo por la ventana y saludó.


Recibido de Ana Agote
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