24 jul. 2008

AUTORRETRATO

Hay un gato siamés
que el invierno enrolla en un cojín
(palabra esta -cojín- extraída de la
traducción que hiciera Carlos Obligado
del Poe-ma "The Raven").
El vapor condensado en el vidrio de la ventana
comienza a chorrear.
Su mujer ha salido a construir pirámides
y él está sentado junto a la mesa de la cocina;
la luz que entra, habiendo
atravesado antes un toldo en deplorable estado
y que cumple la función de evitar
que el sol, el viento, las heladas
arruinen la athyrium filixfoemina, el bonsai
de limón (pobre árbol torturado gracias a un dudoso
arte oriental), la begonia rex y un sin fin
de otras plantas, no es
de la intensidad que se requiere
para escribir un poema sin el debido
perjuicio para la vista. Sin embargo insiste.
Aplasta el lápiz contra el borrador;
el silencio es testigo de los pequeños golpeteos.
Suele detenerse, dudar. Se prepara un café.
Fuma un cigarrillo. Atiende el teléfono con impaciencia.
Busca entre los papeles cartas de un amigo,
lee algún reproche y sonríe.
Cuando vuelve el poema ya no es el mismo
él mismo ya no es quien era.
Con una paciencia que no le es común
insiste sobre algo que no podría definir como una tarea.
Ha pretendido olvidarse de su yo lírico
y engarza cliché tras cliché, frases oídas,
o leídas en los carteles de la city.
Se pone la máscara de un hombre
que está sólo (en la ciudad) y espera (el olvido,
quizá).
Duda. Suena el timbre. Aprieta el botón
para que su esposa pueda abrir la puerta.
No la besa; ella sabe
(ha traído unos afiches recién impresos
que huelen como las calcomanías).
OK -se dice-
y ahora este collage que me he permitido
y que quiero despersonalizado
¿quién lo erigió como un edificio
de la palabra de nadie?.
Corrige, pega algunas advertencias,
consejos útiles, retazos bíblicos,
insiste con la reescritura
diseminada de El Cuervo,
ensaya alguna crítica risueña
en base al mismo mecanismo.
Pone un punto que no sabe si será
el final. (Su esposa se está bañando
y el ruido de la ducha -que es ruido
de agua- le recuerda lluvias y cascadas).
Ese solo recuerdo ha bastado
para transformarlo en otro hombre
otro poeta
que escribe otro poema
fuertemente lírico
infinitamente personal
tan infinitamente
que el yo no puede más que
deshacerse en la voz de nadie.
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